Vicu trae la crónica de un Málaga – Athletic en el que se recuperó un punto en la última jugada del partido. Este sábado habrá que hacerlo bueno venciendo al Racing en San Mamés.
Este Athletic de las dos caras me está volviendo loco. No habían transcurrido 72 horas desde la eliminatoria contra el Barça que, pese a perder, a todos los aficionados nos llenó de orgullo, cuando aparece en La Rosaleda el Athletic de la otra cara. El equipo mediocre. Apocado y vulgar de tantas y tants tardes fuera de casa.
Antes de tratar de explicar lo inexplicable del sábado en Málaga permitidme que me detenga un momento a comentar mis sensaciones de un miércoles copera en la Catedral.
Hemos caídos eliminados de la Copa en octavos de final, lo que, así contado, no tiene gran mérito pero lo hemos hecho con la cabeza muy alta, recuperando viejas sensaciones de equipo grande de verdad. Este Barcelona actual estratosférico, galáctico, que practica el mejor fútbol que yo he visto en mi vida (y ya empieza a no ser tan corta) no ha sido capaz de ganarnos en ninguno de los dos partidos de la eliminatoria. Al empate cosechado en el Camp Nou en base a una defensa numantina y a un buen plantemaiento táctico (Caparrós ya ves, no todos son palos) se le sumó un nuevo empate en San Mamés y tan sólo el valor doble de los goles fuera nos ha apeado de nuestra competición preferida.
San Mamés esta víspera de Reyes de 2011 fue un campo señor. El Athletic le debe mucho a la Copa pero este torneo también tiene grandes deudas con nosotros porque somos de los pocos que sabemos dar grandeza a un torneo devaluado por una pésima gestión federativa. San Mamés se vistió sus mejores galas en un partido de octavos de Copa. Si algún día llegáramos a una final y ésta se pudiera disputar en Bilbao necesitaríamos un campo con un millón de localidades para dar cabida a Bizkaia entera. San Mamés fue una fiesta inolvidable donde vimos un gran partido y donde durante cinco minutos – los que fueron desde el gol del empate al pitido final – todos creímos que el milagro era posible. Ese Athletic sí era un equipo grande, acomplejando a todo un Barça que perdía tiempo y miraba el reloj de forma insistente porque también ellos llegaron a pensar que el Athletic era capaz de dejarles fuera. ¡Qué bonito fue mientras duró!
¿Y dónde estaba ese gran Athletic el sábado en La Rosaleda?
Yo entiendo que la Copa “les pone” a los jugadores. Comprendo que también ellos se crecen cuando ven posible poder tumbar al todopoderoso Barcelona. Hasta puedo llegar a concebir un cierto relajo después de la lucha terrible del miércoles. Pero lo que no puedo ni quiero entender es porqué ese cambio tan radical, esa forma de presentar la otra cara, la de un equipo zafio y triste que juega a perder el tiempo esperando que el rival no les quite el punto inicial que les otorga la federación.
No concibo cómo un equipo que ha sido capaz de meterle el miedo en el cuerpo al Barça tres días antes, se vea superado por un Málaga que, pese a los refuerzos invernales, no es nada del otro jueves.
A mi entender – ya sé que de esto entiendo poco – el partido del sábado fue malo de solemnidad, consiguiendo rescatar un punto en el último suspiro, con un gol metido de espaldas a la portería en un cabezazo que hasta Javi Martínez reconoció que no sabía dónde iba a ir el balón. Vamos, sonó la flauta y toda la gran orquesta.
No quiero esta semana hacer sangre de nadie porque aún me revolotean en el estómago las mariposas de la alegría del miércoles y me niego a que nadie, ni el entrenador ni los jugadores, me permitan mosquearme en una semana dónde, aunque solo hayan sido unos pocos minutos, parecimos el Athletic de siempre, el que es favorito en San Mamés y en la Copa sea quien sea el rival.
Partidos como el del miércoles te devuelven la confianza en que los días de gloria pueden volver, que somos capaces de decir a cualquiera “somos el Athletic y vas a sudar sangre para doblegarme”. Partidos como el del sábado nos devuelven a la triste realidad, a llevar el alma pintada con los colores de un equipo que sólo se cree que puede cuando los gritos de aliento de su afición le llevan en volandas, pero que lejos de la magia de San Mamés es un equipo pobre, triste y previsible.
Y el sábado contra el Racing ¿seremos el doctor Jekyll o míster Hyde?