El Athletic significa ...

Manuel y la Catedral

 

Jon Uriarte

Publicado en El Correo Digital: 31 /05/2010

El periodista Jon Uriarte nos vuelve a dejar una joya en forma de artículo. Si a mí - y a otros muchos, me consta - ya nos puso un nudo en la garganta con su artículo La Promesa en vísperas de la final de Valencia, aquí vuelve a plasmar de forma preciosa lo que es el sentimiento Athletic. No os lo perdáis.

Noté que miraba el periódico por encima de mi hombro y me extrañó. «Yo también soy del Athletic», respondió con sus ojos clavados en las páginas de EL CORREO. Y me contó su historia. La de Manuel. Nacido en un olvidado pueblo de Extremadura, hijo de una buena mujer y de un hombre sin suerte. Tres hermanos. Uno en Francia, otra en Barcelona y él en Madrid. Emigrantes de maleta vacía. Cuatro cosas y muchos sentimientos. Entre ellos, el Athletic.

Todo comenzó cuando el padre, siendo niño, trabajaba en una taberna de Madrid de variada clientela. Artistas, empresarios, vividores, turistas…y aficionados al fútbol. Como aquel día. Se jugaba la final de la Copa y no daban abasto. Así que le pusieron a recoger vasos. No era fácil. Un par de veces se le cayó la bandeja al suelo. Al tercer amago, el jefe le montó una bronca de órdago. Fueron tales los gritos, que un grupo de clientes decidió mediar. Calmaron al dueño, a base de pedir más vino y comida, y sentaron al crío en su mesa. Le pusieron una bufanda, le llenaron los bolsillos de insignias y le dieron el dinero equivalente al sueldo de un mes. Y le respetaron. Aquellos hombres eran aficionados del Athletic. Desde aquel día, él también.

José, que así se llamaba, educó a sus hijos con pocos libros pero con buenos principios. Manuel heredó de él los ojos azules y la suerte negra. Por eso, cuando abrió un negocio, allá por los 70, le duró un suspiro. No volvió a intentarlo. Y siguió de camarero. Dos hijos y una mujer que valía un mundo. Sin un día libre. Sin tiempo para perder el tiempo. Cuando por primera vez tuvieron vacaciones, se fueron a ver el mar. A Valencia. A casa de un cuñado con posibles. Pero nunca pudo cumplir su sueño. Viajar a Bilbao. A San Mamés. El año que viene, cuando la niña sea mayor, cuando el chaval apruebe todo. Y lo fueron dejando. Hasta ese día. Cuando vio en el periódico el inicio del adiós a la Catedral. «En septiembre me cojo a la familia y me voy a verla». Esta vez sí Manuel. Y me preguntó por ella. Yo le hablé de su arco, de su césped y de su gente.

No recuerdo la primera vez que fui, como no recuerdo el primer día que hablé. Quizá porque ambas cosas las hice a la vez. Le expliqué que tu asiento es sagrado. Que no hace falta saber el nombre del vecino para abrazarle en cada gol. Y le conté instantes. Como las lágrimas de orgullo en la final de la UEFA, el gol de Liceranzu que nos dio la Liga, Goiko saliendo a hombros frente al Lech Poznan, el odiado Juanito ovacionado tras un partido memorable. Las veces que corrimos por la banda con Rojo, Argote y compañía. La tarde en que Sarabia regateó a medio equipo canario y le aplaudieron hasta los contrarios. El gol de Etxebe que nos metió en la Champions. La noche del Newcastle. Las paradas de Zubi ante Inglaterra. El 'no hay billetes' en un partido del Athletic femenino. Los Maradonas y Ronaldos, Keegans y Zidanes, Laudrups y Raúles que nos conocieron y envidiaron. A veces vencieron. Casi siempre les ganamos. Por goles o por pasión. Como la noche ante el Sevilla. Por eso dicen que San Mamés es único. Te da la vida y te la quita. Y todo, en noventa minutos. Por eso quiere Manuel ir a verla. Porque la Catedral tiene peregrinos en todas partes. Gentes que, sin estar, estuvieron. Fieles que forman parte de esa cadena humana que se inició el 26 de mayo y que es eterna. Podría dar la vuelta al mundo, al infinito y más allá. Porque hay cosas que son tan grandes como un abrazo, una lágrima o una sonrisa. Por eso da igual dónde la pongan. La Catedral seguirá siempre en el mismo sitio. En el corazón y en la memoria. Entre las pocas cosas de la vida, que de verdad merecen la pena.

 

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